Hay parejas que no tienen un problema de sexo.
Tienen un problema hablando de sexo.
Y parece lo mismo, pero no lo es.
Porque una cosa es que tengáis menos sexo del que uno de los dos quisiera, que haya diferencias de deseo o que algo no funcione en la cama.
Y otra muy distinta es convertir cada conversación sobre sexo en un juicio.
Uno acusa.
El otro se defiende.
Uno insiste.
El otro se cierra.
Y, al final, ninguno consigue lo que realmente quería: sentirse deseado, comprendido y tranquilo dentro de la relación.
Hay una trampa bastante habitual en las relaciones:
“Si me quisieras, tendrías más ganas.”
Parece una frase sobre sexo.
En realidad, es una frase sobre amor.
Y ahí empieza el problema.
Porque cuando interpretamos la falta de deseo como falta de amor, cualquier rechazo deja de ser simplemente un “hoy no me apetece” y empieza a sentirse como un “no te quiero”.
Y eso duele.
Pero también genera presión.
Y la presión es una de las mejores maneras de cargarse el deseo.
El sexo necesita libertad. Necesita poder decir “sí” y también poder decir “no” sin miedo a que después venga un castigo emocional, una bronca o una factura pendiente.
Discutir es intentar demostrar que tienes razón.
Hablar es intentar entender qué está pasando.
Parece una diferencia pequeña, pero cambia absolutamente todo.
Si tu pareja te dice:
“Últimamente no me apetece tanto.”
Puedes responder:
“Siempre estás igual. Yo tengo que pedirte todo.”
O puedes preguntar:
“¿Qué crees que está pasando?”
La primera respuesta busca culpables.
La segunda busca información.
Y si quieres mejorar vuestra vida sexual, necesitas información, no culpables.
Esta frase puede resultar incómoda.
Pero es importante.
Estar en pareja no significa tener acceso garantizado al cuerpo del otro.
Ni siquiera cuando lleváis diez años juntos.
Ni siquiera cuando ayer sí hubo sexo.
Ni siquiera cuando tú tienes muchas ganas.
El deseo no funciona como una deuda.
Y entender esto no significa resignarte a una relación sin sexo.
Significa entender que el objetivo no es conseguir que tu pareja acceda.
El objetivo es construir una relación en la que ambos quieran encontrarse.
Aceptar que nadie te debe sexo no significa que tengas que tragarte tus necesidades.
Si para ti la intimidad sexual es importante, tienes derecho a decirlo.
Sin amenazas.
Sin chantajes.
Sin hacer sentir culpable al otro.
Puedes decir:
“Para mí el sexo es una parte importante de nuestra relación y echo de menos sentirnos cerca.”
Eso es muy diferente de:
“Siempre tengo que estar detrás de ti.”
Una frase abre una conversación.
La otra abre una guerra.
“Yo inicié la última vez.”
“Llevamos tres semanas.”
“El mes pasado fueron cuatro.”
“Tú nunca empiezas.”
Cuando el sexo se convierte en Excel, algo se ha roto.
No porque los datos no importen.
Sino porque empezar a contabilizar cada encuentro suele ser una señal de que ya no estamos viviendo la intimidad: estamos evaluando el rendimiento de la pareja.
Y el deseo no mejora porque presentes mejores estadísticas.
Mejora cuando desaparecen algunas de las cosas que lo están bloqueando.
Estrés.
Resentimiento.
Falta de intimidad emocional.
Cansancio.
Rutina.
Problemas de pareja.
Dolor.
Vergüenza.
Mala comunicación.
Expectativas imposibles.
Esta es probablemente una de las cosas más importantes que una pareja puede entender.
Puedes intentar cambiar posturas, comprar juguetes, planificar citas o buscar trucos para recuperar la pasión.
Pero si durante el día os habláis con desprecio, si acumuláis reproches o si uno de los dos siente que lleva toda la relación sobre sus hombros, difícilmente vais a solucionar el problema debajo de las sábanas.
El dormitorio muchas veces simplemente muestra lo que está pasando fuera de él.
Por eso, antes de preguntar:
“¿Cómo podemos tener más sexo?”
quizá conviene preguntar:
“¿Cómo estamos estando juntos?”
No todas las parejas van a tener exactamente el mismo nivel de deseo.
Ni falta que hace.
El problema aparece cuando la diferencia se convierte en una lucha de poder.
Uno persigue.
El otro evita.
Cuanto más persigue uno, más se aleja el otro.
Cuanto más se aleja uno, más inseguro se siente el otro.
Y vuelta a empezar.
Romper ese círculo requiere dejar de intentar ganar.
Hay que poder hablar de necesidades, límites, frecuencia, expectativas y frustraciones sin convertir la conversación en un juicio sobre quién está bien y quién está mal.
Y, en algunos casos, puede ser útil acudir a terapia de pareja o sexología para salir de ese bucle.
No porque la relación esté condenada.
Precisamente porque queréis dejar de haceros daño intentando arreglarla solos.
Quizá sea:
“¿Qué necesitas para volver a tener ganas?”
La primera pregunta puede sonar a interrogatorio.
La segunda abre una puerta.
Y puede que la respuesta no tenga nada que ver contigo.
O puede que sí.
Puede que haya algo que estés haciendo.
Puede que haya algo que tu pareja no se atreva a decirte.
Puede que simplemente esté agotada.
Puede que haya cambiado su deseo.
Puede que exista un problema físico o emocional.
Puede que necesitéis recuperar primero la intimidad que no tiene nada que ver con el sexo.
No puedes saberlo si cada conversación termina en una discusión.
Significa dejar de utilizar el sexo como arma.
No amenazar con dejar la relación.
No retirar afecto para castigar.
No provocar culpa.
No comparar.
No presionar.
No fingir.
Y tampoco guardar silencio durante años esperando que el problema desaparezca solo.
Hablar de sexo puede ser incómodo.
Pero muchas veces es menos doloroso que vivir años interpretando silencios.
Porque al final, el objetivo no debería ser conseguir más sexo a cualquier precio.
Debería ser poder miraros y decir:
“Podemos hablar de esto sin tener que atacarnos.”
Eso ya es intimidad.
Y, curiosamente, muchas veces es también el lugar desde el que el deseo puede empezar a volver.
Si necesitas acompañamiento no dudes en ponerte en contacto conmigo