Una persona quiere tener sexo más a menudo.
La otra, menos.
Una echa de menos la intimidad.
La otra siente que últimamente el sexo se ha convertido en una presión.
Y entonces aparece una pregunta que puede hacer mucho daño:
“¿Quién de los dos tiene el problema?”
Pero quizá esa no sea la pregunta adecuada.
Porque tener diferentes niveles de deseo sexual no significa necesariamente que haya algo mal en ninguno de los dos.
La discrepancia sexual en pareja es una realidad bastante habitual. El problema no suele ser únicamente que uno quiera más sexo y el otro menos.
El verdadero problema aparece cuando esa diferencia empieza a generar rechazo, presión, culpa, frustración, resentimiento o distancia emocional.
Y entonces el sexo deja de ser un lugar de encuentro para convertirse en el escenario donde se manifiestan otros conflictos.
Hablamos de discrepancia sexual cuando dos personas dentro de una relación tienen necesidades, deseos o niveles de interés sexual diferentes.
Puede ocurrir que uno quiera mantener relaciones sexuales varias veces por semana y el otro prefiera hacerlo con menor frecuencia.
Pero la diferencia no tiene por qué estar únicamente en la frecuencia.
También puede existir discrepancia en:
Y hay algo importante que conviene recordar:
No existe una cantidad “normal” de sexo que todas las parejas deban tener.
No se trata de compararos con otras parejas ni de decidir quién tiene un nivel de deseo correcto.
La cuestión es otra:
**¿La diferencia entre vosotros
Una persona quiere tener sexo más a menudo.
La otra, menos.
Una echa de menos la intimidad.
La otra siente que últimamente el sexo se ha convertido en una presión.
Y entonces aparece una pregunta que puede hacer mucho daño:
“¿Quién de los dos tiene el problema?”
Pero quizá esa no sea la pregunta adecuada.
Porque tener diferentes niveles de deseo sexual no significa necesariamente que haya algo mal en ninguno de los dos.
La discrepancia sexual en pareja es una realidad bastante habitual. El problema no suele ser únicamente que uno quiera más sexo y el otro menos.
El verdadero problema aparece cuando esa diferencia empieza a generar rechazo, presión, culpa, frustración, resentimiento o distancia emocional.
Y entonces el sexo deja de ser un lugar de encuentro para convertirse en el escenario donde se manifiestan otros conflictos.
Hablamos de discrepancia sexual cuando dos personas dentro de una relación tienen necesidades, deseos o niveles de interés sexual diferentes.
Puede ocurrir que uno quiera mantener relaciones sexuales varias veces por semana y el otro prefiera hacerlo con menor frecuencia.
Pero la diferencia no tiene por qué estar únicamente en la frecuencia.
También puede existir discrepancia en:
Y hay algo importante que conviene recordar:
No existe una cantidad “normal” de sexo que todas las parejas deban tener.
No se trata de compararos con otras parejas ni de decidir quién tiene un nivel de deseo correcto.
La cuestión es otra:
¿La diferencia entre vosotros está generando malestar y estáis consiguiendo hablar de ella sin haceros daño?
Este es uno de los patrones más habituales.
Una persona siente que falta sexo y empieza a buscarlo con más insistencia.
La otra percibe esa insistencia como presión y empieza a evitar determinadas situaciones para no sentirse obligada.
Cuanto más evita una persona, más insegura se siente la otra.
Cuanto más insegura se siente, más intenta acercarse.
Y cuanto más persigue, más se distancia la otra persona.
Se crea así un círculo:
deseo → rechazo → frustración → presión → evitación → más frustración.
Con el tiempo, ambos pueden acabar ocupando un papel que tampoco desean.
Uno se convierte en quien siempre pide.
El otro, en quien siempre tiene que rechazar.
Y la relación empieza a girar alrededor de ese conflicto.
Cuando existe una diferencia de deseo, es fácil centrar toda la conversación en una cifra.
“Lo hacemos una vez al mes.”
“Antes eran tres veces por semana.”
“Yo quiero cuatro veces.”
“Tú con una vez tienes suficiente.”
Pero quizá la frecuencia sea solo la parte visible del problema.
Para una persona, la falta de sexo puede significar:
“Echo de menos sentirme deseado.”
Para otra puede significar:
“Siento que siempre esperas algo de mí.”
Y ambas experiencias pueden ser reales al mismo tiempo.
Por eso, hablar únicamente de frecuencia puede hacer que os perdáis la conversación realmente importante.
Hay que preguntarse qué significa el sexo para cada uno.
Esta pregunta puede cambiar por completo una conversación.
Porque quizá para ti el sexo sea principalmente una forma de sentir conexión.
Para tu pareja puede ser algo que necesita cuando está relajada y sin preocupaciones.
Para ti puede representar cariño, deseo y seguridad.
Para la otra persona puede ser una actividad que requiere energía, privacidad, tiempo y disposición mental.
Ninguna de estas experiencias es necesariamente incorrecta.
El problema aparece cuando asumimos que nuestra forma de vivir el deseo es la única válida.
Por eso puede ser útil completar estas frases:
“Para mí, el sexo significa…”
“Cuando tenemos sexo, me siento…”
“Cuando pasa mucho tiempo sin sexo, yo interpreto que…”
“Cuando me pides sexo y no tengo ganas, yo siento…”
Estas respuestas pueden revelar que detrás de una discusión aparentemente sexual existen necesidades emocionales mucho más profundas.
Una conversación sobre vuestra vida sexual no debería comenzar justo después de un rechazo.
Tampoco durante una discusión.
Ni en mitad de un momento íntimo.
Elegid un momento tranquilo.
Podéis empezar diciendo:
“Me gustaría que habláramos de cómo estamos viviendo nuestra sexualidad. No quiero presionarte. Quiero entenderte y que también puedas entenderme.”
El objetivo de esa conversación no es conseguir sexo.
Es conseguir información.
Podéis hablar de:
Y, sobre todo, intentad escuchar sin preparar inmediatamente una defensa.
Una de las formas más sencillas de reducir la tensión es hablar desde vuestra propia experiencia.
En lugar de:
“Tú nunca quieres.”
Prueba:
“Me estoy sintiendo distante de ti y echo de menos nuestra intimidad.”
En lugar de:
“Siempre tengo que pedirlo.”
Prueba:
“Me gustaría sentir que también nace de ti buscarme.”
En lugar de:
“Me presionas todo el tiempo.”
Prueba:
“Cuando siento que esperas sexo cada vez que estamos juntos, me cuesta relajarme.”
No cambia el problema.
Pero cambia completamente la forma de abordarlo.
Una discrepancia sexual no se puede gestionar bien si el “no” se convierte en un acontecimiento.
Si cada rechazo provoca enfado, silencio, distancia, reproches o una discusión, la persona que tiene menos deseo puede empezar a sentir que decir que no tiene un precio.
Y entonces puede ocurrir algo paradójico:
para evitar el conflicto, empieza a evitar también el contacto.
Por eso, aprender a recibir un “no” es tan importante como aprender a expresarlo.
Un “no” puede significar simplemente:
“Ahora no.”
No necesariamente:
“Nunca.”
No significa:
“No te quiero.”
No significa:
“No me atraes.”
Y tampoco significa que la otra persona no tenga derecho a sentirse decepcionada.
Puedes sentir decepción y respetar un límite al mismo tiempo.
Una respuesta saludable puede ser tan sencilla como:
“Vale. Gracias por decírmelo.”
Y después, si es necesario, hablar en otro momento de lo que está ocurriendo.
Esto puede ser especialmente importante cuando existe mucha presión.
Si una persona siente que cada abrazo, masaje o beso terminará convirtiéndose en una petición sexual, puede empezar a evitar incluso el contacto afectivo.
Y entonces la pareja pierde intimidad por completo.
Por eso puede ser útil recuperar espacios de contacto en los que no exista una expectativa sexual automática.
Un abrazo.
Una caricia.
Dormir juntos.
Un masaje.
Un beso.
Una conversación.
Una cita.
Ver una película juntos.
Si necesitáis acompañamiento para hablar sobre lo que os está ocurriendo y que os guíe en el camino de la reconexión no dudes en escribirme.